EL HAMBRE EN LA TIERRA DE LA ABUNDANCIA

Primera Parte
Los chaqueños nos debemos un profundo debate sobre las razones del hambre en las zonas rurales. Que es en gran medida el que determina el éxodo hacia las ciudades y la formación de villas en las que se agudiza la miseria y los conflictos sociales. Si somos capaces de darlo podremos encontrar el comienzo de las soluciones, de lo contrario nos aguardan tiempos de mayores bolsones de degradación humana y miseria incomprensible en esta tierra de la abundancia.
Otros tiempos. La autosatisfacción del consumo con trabajo y dignidad.
Los que tenemos algunos años, y hemos nacido y crecido en el campo conocimos otra forma de vida. Una vida en la que las necesidades alimentarias eran holgadamente satisfechas con el trabajo diario de la familia en la producción para el autoconsumo, paralelamente a la actividad productiva comercial.
Nacimos y vivimos en aquellas colonias de los años 50/60 por ejemplo, donde en cada chacra la casa era construida por sus moradores, primero rancho de palo a pique y enchorizado de barro, las que luego, ahorrando peso sobre peso, se transformaron en viviendas de material, algunas verdaderas mansiones para aquellos tiempos y también para los actuales. Ni materiales, ni chapas, ni jornales, ni Plan Trabajar, ni Programas de Entrenamiento Laboral (PEL), ni PEC, ni becas, ni mucho menos Ayuda Alimentaria, ni nada de parte del estado. Solo trabajo, trabajo y más trabajo familiar. Y ahorro, deseos de progreso, y una clara escala de prioridades. La comida, la escuela y la vivienda estaban antes que la radio, el reloj y la bicicleta. Esto en chacras pequeñas, trabajadas por la familia e incorporación de mano de obra extra exclusivamente para las carpidas y cosechas en algunos casos. El Ministerio de Desarrollo Social al que se recurría por comida, sin listas, sin punteros, sin pícaros “lideres” piqueteros, sin clientelismo, con enorme dignidad, era la tierra. La tierra proveía y provee toda la comida necesaria. Solo nos exige que la trabajemos, que nos levantemos bien temprano todos los días para que ella nos devuelva todo lo que le pidamos.
Recordamos esas casas rodeadas de frutales tales como naranjas, mandarinas, peras, granadas, duraznos, manzanas verdes, higos, naranjas amargas para dulces, con sus quintas de una hectárea en la que no faltaba lechuga, acelga, repollo, tomates, zanahorias, rabanitos, maíz para choclos, zapallos, sandías, pimientos, cebollas, ajo, perejil, parrales con uvas, diez cajones de abejas, cien o más gallinas, patos, pavos, guineas, etc., etc. Además de un número suficiente de ovejas, chivos y cerdos para el consumo, como así también unos pocos vacunos para la obtención de abundante leche y la entrega de tanto en tanto de uno al carnicero de la zona para luego retirar carne. Habiendo leche nunca faltaba manteca, quesos de distintos tipos, dulce de leche, y lo que fue la avanzada de los actuales yogures. Con la miel sobreabundante se hacían refrescos y una bebida espirituosa producto de la fermentación. Las frutas que no se consumían frescas se transformaban en dulces que se almacenaban para el consumo anual. Las ovejas cuya carne se aprovechaba fresca o se ahumaba como el cerdo, proporcionaban también la lana que los chicos lavábamos, secábamos y cardábamos para colchones y almohadas.
Trabajo, prioridades, ahorro y espíritu de progreso como bases del desarrollo.
Así crecimos, y, los de aquellas generaciones, lo recordamos y destacamos con una enorme gratitud hacia esas mujeres y esos hombres, luchadores natos y aguerridos si los hubo. Criollos, santiagueños, correntinos, nativos, y también gringos. Estos, más pobres materialmente que los más pobres de hoy. Venían del otro lado del mundo, muertos de hambre y con lo puesto. En su vida habían escuchado una sola palabra en castellano. El estado argentino los acogió y les otorgó un pequeño pedazo de tierra, herramientas de mano, algunos bueyes y semillas. Esto una sola vez. Repito: una sola vez. Mi padre vivió hasta los noventa y un años, y cada día de su vida agradeció al estado argentino esa única vez que lo ayudó. El y los de su tiempo no necesitaron más. Eran dignos, trabajadores, amaron a la tierra que les dio todo, y tenían en sus corazones el espíritu del progreso y la construcción de una mejor calidad de vida para sí, pero especialmente para sus hijos. Se levantaban a las cinco de la mañana –hete aquí uno de los grandes secretos-, no había tractores, no había luz eléctrica, no había cocinas a gas, no había radio ni televisión, no había celulares, no había medios de movilidad, ni caminos, solo picadas, pero tenían lo más valioso que un ser humano debe tener: dignidad y cultura del trabajo. Así nos criaron: sin carencias alimenticias de ningún tipo y con una obligación indiscutible: ir a la escuela, estudiar, instruirnos, progresar.
Plagas, pérdidas, mas trabajo, solidaridad y progreso.
Se enfrentaron a persistentes, grandes y destructoras plagas, eran muchas, pero vale recordar dos:
La primera de ellas la constituían las langostas, que cubrían los horizontes y tapaban el sol. Verdaderas nubes que oscurecían el día más espléndido y también el promisorio futuro. Cuando hambrientas se lanzaban sobre los campos en busca de su alimento, que no era otro que el fruto del trabajo de nuestros mayores, dejaban la tierra yerma... el trabajo rudo con bueyes y arados mancera… la esperanza puesta en esas melgas se hacían añicos en un instante... Resuena en nuestros oídos el sonido que producían las langostas comiendo las tiernas plantitas de algodón hasta dejar solo interminables hileras de desnudos palitos. En nuestra memoria y en nuestras retinas quedarán para siempre las imágenes de la desesperación de los mayores, hombres y mujeres corriendo campo traviesa agitando trapos y gritando en el vano intento por evitar la catástrofe. Y su regreso a casa usando en casos el mismo trapo para secar las lágrimas por el enorme esfuerzo esfumado. Luego de perder toda la siembra, y sin dejar ni llevar el arado para cortar rutas y mendigar dádivas que dañan la dignidad propia, redoblaban el esfuerzo, madrugaban más y prolongaban las jornadas para recuperar lo perdido. Y de esa manera, en muchos casos con la ayuda solidaria de vecinos, parientes y amigos que habían tenido la suerte de no perder lo suyo, se impusieron también a las dificultades ocasionadas por esta terrible plaga que podemos llamar depredadora natural.
Otros tiempos. La autosatisfacción del consumo con trabajo y dignidad.
Los que tenemos algunos años, y hemos nacido y crecido en el campo conocimos otra forma de vida. Una vida en la que las necesidades alimentarias eran holgadamente satisfechas con el trabajo diario de la familia en la producción para el autoconsumo, paralelamente a la actividad productiva comercial.
Nacimos y vivimos en aquellas colonias de los años 50/60 por ejemplo, donde en cada chacra la casa era construida por sus moradores, primero rancho de palo a pique y enchorizado de barro, las que luego, ahorrando peso sobre peso, se transformaron en viviendas de material, algunas verdaderas mansiones para aquellos tiempos y también para los actuales. Ni materiales, ni chapas, ni jornales, ni Plan Trabajar, ni Programas de Entrenamiento Laboral (PEL), ni PEC, ni becas, ni mucho menos Ayuda Alimentaria, ni nada de parte del estado. Solo trabajo, trabajo y más trabajo familiar. Y ahorro, deseos de progreso, y una clara escala de prioridades. La comida, la escuela y la vivienda estaban antes que la radio, el reloj y la bicicleta. Esto en chacras pequeñas, trabajadas por la familia e incorporación de mano de obra extra exclusivamente para las carpidas y cosechas en algunos casos. El Ministerio de Desarrollo Social al que se recurría por comida, sin listas, sin punteros, sin pícaros “lideres” piqueteros, sin clientelismo, con enorme dignidad, era la tierra. La tierra proveía y provee toda la comida necesaria. Solo nos exige que la trabajemos, que nos levantemos bien temprano todos los días para que ella nos devuelva todo lo que le pidamos.
Recordamos esas casas rodeadas de frutales tales como naranjas, mandarinas, peras, granadas, duraznos, manzanas verdes, higos, naranjas amargas para dulces, con sus quintas de una hectárea en la que no faltaba lechuga, acelga, repollo, tomates, zanahorias, rabanitos, maíz para choclos, zapallos, sandías, pimientos, cebollas, ajo, perejil, parrales con uvas, diez cajones de abejas, cien o más gallinas, patos, pavos, guineas, etc., etc. Además de un número suficiente de ovejas, chivos y cerdos para el consumo, como así también unos pocos vacunos para la obtención de abundante leche y la entrega de tanto en tanto de uno al carnicero de la zona para luego retirar carne. Habiendo leche nunca faltaba manteca, quesos de distintos tipos, dulce de leche, y lo que fue la avanzada de los actuales yogures. Con la miel sobreabundante se hacían refrescos y una bebida espirituosa producto de la fermentación. Las frutas que no se consumían frescas se transformaban en dulces que se almacenaban para el consumo anual. Las ovejas cuya carne se aprovechaba fresca o se ahumaba como el cerdo, proporcionaban también la lana que los chicos lavábamos, secábamos y cardábamos para colchones y almohadas.
Trabajo, prioridades, ahorro y espíritu de progreso como bases del desarrollo.
Así crecimos, y, los de aquellas generaciones, lo recordamos y destacamos con una enorme gratitud hacia esas mujeres y esos hombres, luchadores natos y aguerridos si los hubo. Criollos, santiagueños, correntinos, nativos, y también gringos. Estos, más pobres materialmente que los más pobres de hoy. Venían del otro lado del mundo, muertos de hambre y con lo puesto. En su vida habían escuchado una sola palabra en castellano. El estado argentino los acogió y les otorgó un pequeño pedazo de tierra, herramientas de mano, algunos bueyes y semillas. Esto una sola vez. Repito: una sola vez. Mi padre vivió hasta los noventa y un años, y cada día de su vida agradeció al estado argentino esa única vez que lo ayudó. El y los de su tiempo no necesitaron más. Eran dignos, trabajadores, amaron a la tierra que les dio todo, y tenían en sus corazones el espíritu del progreso y la construcción de una mejor calidad de vida para sí, pero especialmente para sus hijos. Se levantaban a las cinco de la mañana –hete aquí uno de los grandes secretos-, no había tractores, no había luz eléctrica, no había cocinas a gas, no había radio ni televisión, no había celulares, no había medios de movilidad, ni caminos, solo picadas, pero tenían lo más valioso que un ser humano debe tener: dignidad y cultura del trabajo. Así nos criaron: sin carencias alimenticias de ningún tipo y con una obligación indiscutible: ir a la escuela, estudiar, instruirnos, progresar.
Plagas, pérdidas, mas trabajo, solidaridad y progreso.
Se enfrentaron a persistentes, grandes y destructoras plagas, eran muchas, pero vale recordar dos:
La primera de ellas la constituían las langostas, que cubrían los horizontes y tapaban el sol. Verdaderas nubes que oscurecían el día más espléndido y también el promisorio futuro. Cuando hambrientas se lanzaban sobre los campos en busca de su alimento, que no era otro que el fruto del trabajo de nuestros mayores, dejaban la tierra yerma... el trabajo rudo con bueyes y arados mancera… la esperanza puesta en esas melgas se hacían añicos en un instante... Resuena en nuestros oídos el sonido que producían las langostas comiendo las tiernas plantitas de algodón hasta dejar solo interminables hileras de desnudos palitos. En nuestra memoria y en nuestras retinas quedarán para siempre las imágenes de la desesperación de los mayores, hombres y mujeres corriendo campo traviesa agitando trapos y gritando en el vano intento por evitar la catástrofe. Y su regreso a casa usando en casos el mismo trapo para secar las lágrimas por el enorme esfuerzo esfumado. Luego de perder toda la siembra, y sin dejar ni llevar el arado para cortar rutas y mendigar dádivas que dañan la dignidad propia, redoblaban el esfuerzo, madrugaban más y prolongaban las jornadas para recuperar lo perdido. Y de esa manera, en muchos casos con la ayuda solidaria de vecinos, parientes y amigos que habían tenido la suerte de no perder lo suyo, se impusieron también a las dificultades ocasionadas por esta terrible plaga que podemos llamar depredadora natural.
Proximamente la Segunda Parte